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Somos la última generación de escritores que cultivamos letras y palabras que germinan y que cosechamos diariamente, cargadas de sentimientos, ilusiones, pensamientos, ideales, sueños e imaginación. Nosotros, al escribir novelas, cuentos, poemas, relatos e historias, regalamos y desciframos a la gente, a nuestros queridos lectores, las espinas y las flores de la vida. Pronto, entre un suspiro y otro, partiremos con nuestros versos y narraciones, obras que no guardaremos en el equipaje porque las dispersaremos en el camino con la intención de que alguien y muchos más los descubran en algún lugar y en cierta fecha, y vuelvan a soñar, reír, amar, ilusionarse y vivir. Somos, quizá, la última generación de artistas de las letras porque, gradualmente y con cierta intencionalidad, alguien, y otros más, deforman el arte, la creatividad, el talento, la imaginación, la sensibilidad, la inspiración, la fantasía y los sueños para alejar a la gente de la belleza, la verdad y el bien, y sustituir los tesoros que vienen del ser por locura, gritos, apariencias, modas pasajeras, tendencias sin sentido, ignorancia, estupidez y superficialidad. Están vaciando a la humanidad, le están arrebatando su encanto y gradualmente sepultan su esencia, lo que la hace irrepetible, valiosa e inmortal, para obsequiarle un mortal, desolador y terrible vacío. Cada día son menos los hombres y las mujeres, en el planeta, que se interesan en nuestras obras, unos con el argumento de que carecen de dinero y de tiempo para dedicarse a leer y otros más con respuestas tan tontas como la justificación de que todo el conocimiento está disponible en internet y que la inteligencia artificial les resuelve cualquier duda, cuando los primeros disponen de recursos económicos y de horas y días para reunirse en las cantinas y los segundos, en tanto, son perezosos e inútiles espiritual, mental y físicamente, y se colocan en niveles inferiores a los modelos que una élite desarrolla para el deterioro y la ruptura de la humanidad. ¿Acaso el arte de las letras debe adecuarse a las exigencias de las generaciones que detestan la lectura y solo desean consumir los años de sus existencias en un entorno de locura y estupidez? ¿El arte de las palabras escritas debe perder dignidad, prestigio, linaje y respeto para ser aceptado, como bufón sucio y baratija producida en serie, por multitudes enloquecidas por seguir las rutas que les han diseñado para su extravío, manipulación y explotación? Nuestros escritos no son moda ni prendas que visten y alegran maniquíes expuestos en aparadores pletóricos de reflectores, papeles de colores y precios con descuentos, al lado de imágenes de tarjetas de crédito. Las obras que escribimos merecen respeto, como el que tenemos al arte y a nuestros lectores. Tenemos la encomienda de escribir y, en esta hora de nuestras existencias, cuando el mundo es una broma siniestra, una trampa mortal, un truco de quienes ostentan el poder económico, militar, científico y político, sembrar ideas, sentimientos, verdades, sueños, para que el ser humano no se hunda ni perezca en el lodazal en que se encuentra atrapado. A veces, cuando descubro hombres y mujeres jóvenes sumergidos en los textos, en las obras que escribimos, siento alegría y emoción porque sé, y así lo percibo, que se trata de gente que conserva el interés de buscar incansablemente el bien, la verdad y la belleza. Necesitamos que ellos, los que aún están a salvo, ayuden a multiplicar el número de personas interesadas en el conocimiento y en la verdad. Solo así despertaremos a millones de hombres y mujeres aletargados en los encantos de la farsa que hoy les regalan, entre un entorno de odio y violencia, ausentes de sí, vacíos, inútiles, perezosos mental y físicamente, incapaces de hacer algo extraordinario y carentes de sentido y de valores. Somos una generación de escritores casi extinta, en un ambiente en el que valen más las estupideces que las ideas.
Source: La última generación – Santiago Galicia Rojon Serrallonga

















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