Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright
Jugaron, como lo hicimos nosotros en un ayer y en tantos que cada día parecen más distantes, casi extintos, cuando ir a los columpios, a las resbaladillas, a los sube y baja, era un acto que regalaba aventura, emoción, alegría, ilusión y convivencia familiar. Hasta los adultos -hombres y mujeres- se entregaban a la diversión de sus hijos. Los columpiaban y les enseñaban a mecerse, a jugar con cuidado, orden, libertad y respeto. Volvían a ser niños al lado de sus hijos. Ahora, cuando observo a la gente que lleva a sus hijos a los parques con juegos -los columpios y los mecanismos lúdicos que aún no son destruidos por la barbarie-, noto una barrera estúpida y voluntaria que atenta contra la convivencia familiar y el desarrollo pleno de la infancia, y es que mientras los pequeños intentan divertirse, ellos, sus progenitores, naufragan entre la realidad cotidiana que viven a medias y el «encanto» de las redes sociales y otras fascinaciones que cargan en sus equipos móviles, en las que se encuentran atrapados espiritual, mental y físicamente. A tal nivel la gente se encuentra tan desolada y vacía, que sus hijos realmente no gozan las compañías paternas y maternas, y no es que yo esté en contra de la ciencia y la tecnología. Es que lo veo diariamente, aquí y allá, en un sitio y en otro. Igual que aquellos que, estúpida, irresponsable y superficialmente, dan ejemplo a sus descendientes de que la casa es un hotel de paso, una fonda con comida mal condimentada y con exceso de productos químicos, un escenario de discusiones y gritos, una cantina y un ambiente de discordia y escándalo, en vez de ofrecer un hogar, un recinto de cultura, alegría, diversión sana, aprendizaje, armonía, respeto y convivencia, quienes hoy llevan a sus hijos a los parques con juegos y permanecen ausentes de sí y de todo, inmersos en sus redes sociales -en su mayoría artificial, burdo y tonto-, obsequian a los pequeños, boletos para una vida adulta similar o peor que la de ellos. Eso es lo que se está construyendo. Y no es de extrañar que un día, dentro del desquiciamiento y de las trampas humanas -más tragedias que bienestar-, haya robots con la encomienda de llevar a los niños a los parques de diversiones, rehenes todos de un ambiente de producción en serie y vacío existencial. Se percibe.
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Source: Desolados y tristes columpios – Santiago Galicia Rojon Serrallonga
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