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El secreto de la belleza consiste en su naturalidad y en su sencillez. No necesita, para resplandecer y cautivar, decoraciones artificiales ni disfraces innecesarios de maniquíes yertos e indiferentes que lucen modas pasajeras. Es natural. La belleza es magistral y plena cuando un hombre o una mujer abren las ventanas de su interior con el objetivo de que asome el alma. Sus colores, texturas y perfumes son más auténticos cuando provienen del ser que al extraerse de la artificialidad. Una persona amable, educada, irrepetible, buena, inolvidable y respetuosa, irradia mayor hermosura que otra que, burda, intolerante, grosera, arrogante, burlona, cruel y superficial, presume su aspecto con atuendos y maquillajes caros y finos, versus la ausencia de sí y su falta de valores. La apariencia y la elegancia, para lucir, deben ser calladas porque hablan por sí solas. No necesitan que quien las posee ande por el mundo pregonando rasgos que, ante la caminata de los días y los años, se marchitarán como las flores que quedan abandonadas en los sepulcros, entre insectos y pestilencias. Eso no significa que la gente renuncie al arreglo personal, a la ropa, a los perfumes; sin embargo, es de pésimo gusto la adoración ciega al aspecto, el culto excesivo a una belleza física de breve existencia, carente de porvenir, frente a una ausencia monstruosa de espiritualidad e inteligencia. Una persona que cuida su aspecto, luce mejor que otra que no lo hace; pero cuando alguien se excede y sus sentimientos, ideales, aspiraciones, pensamientos, actitudes, palabras y hechos son tan artificiales como las de un muñeco de aparador, denota inseguridad, un terrible vacío existencial, petulancia obsesiva y patética por una simple temporada de atractivo físico. Más tarde, cuando, en la soledad de las estaciones, las ráfagas del viento otoñal arrancan las hojas de los árboles y las dispersan en alfombras doradas, amarillas, naranjas, rojizas y violetas tan quebradizas como su corta existencia, o al cubrirse el paisaje invernal con nieve, los espejos devuelven imágenes de agotamiento, enfermedad, envejecimiento y proximidad con la muerte. La belleza de apenas hace unos años, la hermosura de ayer, son borradas y en su lugar quedan trazos débiles e inciertos. Hay personas que se sienten tan empequeñecidas e inseguras que tratan de compensar su insignificancia con maquillajes, ornamentos y vestuario caro, acaso con la idea de que las etiquetas y marcas de prestigio les darán cierto rango de superioridad, quizá por considerar que la belleza física todo lo consigue, tal vez por lo que temen que venga o por otros motivos más. Es agradable tratar con personas limpias y bien presentables. El buen aspecto es importante y grato; no obstante, la apariencia por sí sola es insuficiente y, por lo mismo, carece de sentido y valor cuando aplasta y embiste al bien, los sentimientos nobles, la inteligencia, la honestidad, la justicia, el respeto, la dignidad, los ideales y la libertad, como lamentablemente acontece en innumerables sitios en el minuto presente. Si la belleza física solamente se utiliza como ornamento, es tan estéril y fatua como el arreglo floral que se coloca en la mesa de un festín o sobre la losa gélida de una cripta, porque la hermosura genuina, la que perdura y vale, es la del interior, la de los buenos sentimientos, la de los sueños e ideales, la de la amabilidad y el bien, la que surge del alma. Sin los valores, la apariencia únicamente es un adorno de temporada.
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Source: La fórmula de la belleza – Santiago Galicia Rojon Serrallonga











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