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Con cada ocaso – Santiago Galicia Rojon Serrallonga

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Con cada ocaso, necesito un refugio, una morada para apaciguar mis delirios, inquietudes y torbellinos. Entre la tarde y el anochecer hay una pausa, una secuencia de rumores y silencios, una escala de tonalidades, una sensación de vida y muerte, que siempre, desde la infancia, he percibido. Antes de que el azul profundo del cielo sea cubierto por la espesura de la oscuridad, la vida y la muerte deslizan sus pinceles en el horizonte y lo decoran con la gama de amarillos, grises, naranjas, rojizos y violetas, en un ambiente agónico que se traslada hasta mis sensaciones. Agonizo, desde entonces, como se apaga la tarde. Muchas veces, durante mi niñez, adolescencia y juventud, sentí tanta nostalgia al presenciar ese espectáculo, que tenía que buscar un refugio, un consuelo, hasta que un día, a cierta hora, entendí que se trata de una lección, un mensaje oculto, para aprender que la vida hay que disfrutarla cada momento, experimentarla con las cargas y liviandades que suele presentar, porque, de no hacerlo, llega la noche y su inmensa oscuridad borra los colores y las formas, siempre con la esperanza de que tras un ocaso, hay una aurora. Y es cierto que, terrenalmente, uno deja pedazos de vida cada mañana, mediodía, tarde, noche y madrugada, con la esperanza de que los minutos y las estaciones cumplen una encomienda, mientras uno, en cambio, necesita aprovechar y experimentar en armonía, con equilibrio y con intensidad todos los instantes, cada segundo, antes de que llegue la noche y la existencia se apague irremediablemente..

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