Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright
La pared luce repleta de cuadros, marcos que atrapan rostros y siluetas, perfiles y miradas, retratos en sepia y en blanco y negro, o a color, como si los personajes, reflexivos y silenciosos, en masculino y en femenino, en mayúsculas y en minúsculas, desearan salir de aquellos instantes del ayer en que las cámaras los captaron sonrientes, pensativos, serios, alegres o tristes, y los atraparon en el papel, con la intención de desentrañar sus secretos, las historias calladas que se llevaron, e invitar a abrir las puertas y las ventanas para recibir las caricias y los rasguños de la vida y del tiempo que, indiferentes y sin apegos, se desvanecen o se marchan.
Personajes familiares que, en ciertos lapsos de sus existencias, hicieron un paréntesis breve, una pausa, con el objetivo de que las cámaras, al disparar, los atraparan en sus momentos fugaces y significativos -nacimientos, ceremonias religiosas, bodas, paseos, convivencias-, como si alguien, en sus cavilaciones ontológicas, preguntara: cuando ya no me encuentre en este mundo, ¿alguien me recordará? ¿Quién evocará mi imagen?
Una fotografía, cualquiera que sea, es la presentación de un hombre o una mujer, con todo lo que es, a cualquier edad. Refleja sentimientos, educación, pensamientos. A través de los años, con la incorporación de la tecnología a la existencia diaria, se han perdido la belleza, el encanto y la magia de los retratos. Con los equipos actuales, desde cámaras tradicionales hasta celulares, drones y otros sistemas, la gente se acostumbró a las fotografías instantáneas y ya no asombran.
De las figuras humanas que asoman en los cuadros que orgullosamente cuelgan en la pared de mi casa, la mayoría ya no se encuentran en este plano. Casi todos pasaron por la transición y no están físicamente, aunque en esencia los sienta en mi interior, en mi alma, en mi mente, en mi ser. Son antepasados, familiares que veo todos los días, al amanecer y al anochecer, al mediodía y en las tardes, al partir y al llegar a la casa, como si cada uno tuviera su espacio en mi ser, en mi memoria y ante mi mirada, a los que, desde los minutos de mi infancia, aprendí a amar, respetar y admirar.
No es que viva atado a los otros días, a los del ayer; simplemente, se trata de una afición, un motivo, un sentimiento auténtico que me impulsa, desde la aurora de mi existencia, a conocer sus biografías y sus momentos, sus vidas y sus destinos. Es como poseer una galería, un museo, y tener oportunidad de narrar la historia de cada hombre y mujer impreso en el papel, con el aprendizaje que dejaron durante el devenir de sus existencias.
Tampoco es que perdí el equilibrio y, por lo mismo, ande errante en las horas de antaño. Tengo la fortuna y el privilegio de conocer la historia de cada una de mis ramas familiares, tanto paternas como maternas; pero a fuerza de caminar aquí y allá, por los rincones del mundo, aprendí que el hoy es irrepetible, pasajero, y, en consecuencia, se va irremediablemente. Es primordial aprender a vivirlo y disfrutar plenamente cada momento, siempre en armonía y con equilibrio.
¿Algún día, entre nuestros descendientes, habrá alguien que se interese en conservar toda la colección de retratos familiares del pasado y colgar el mío? No lo sé, pero tengo la convicción de que la gente me recordará no por una imagen, sino por el bien que haga a los demás. Mis sentimientos, ideales, palabras, acciones y pensamientos serán los que recordará la gente de mí, o al menos lo que más valdrá. Eso me lo han enseñado, también, los retratos antiguos de la familia.
Me acompañan en mis soledades. Me inspiran cuando escribo. Aquí están, en la pared, inmersos en sus rumores, pausas y sigilos, quizá ausentes, tal vez atentos, mientras yo aprendo a vivir y transito por las estaciones de mi existencia, en busca de un destino grandioso e inmortal.
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Source: Los retratos de la casa – Santiago Galicia Rojon Serrallonga

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