
Y la miré, una y otra vez, en la rampa de una plaza comercial en la que los niños se deslizaban y jugaban alegremente, inmersos en su mundo de fantasías, ilusiones y diversión. Ella permanecía acostada, bocabajo, con el libro extendido en el suelo, entregada a la lectura e indiferente a la algarabía y a la convivencia infantil. En femenino y en masculino, los pequeños se sentían libres y plenos. Ensayaban la trama de la vida.
Me reconocí en ella, en su esencia y en sus rasgos, en su mirada y en su perfil, en sus motivos y en sus pasiones. La vi. Entendí que se trataba de un ser libre, maravilloso e irrepetible, dos generaciones después de mí, con otro nombre, uno de mis apellidos, en femenino y en minúsculas, y con una identidad propia.
Leía Mujercitas, obra literaria que Louisa May Alcott publicó en 1868. Se sintió profundamente cautivada e inspirada desde las primeras líneas. Una hora antes, en las calles y en los rincones céntricos, históricos y pintorescos de la ciudad, descubrió la librería mientras caminábamos y me pidió entrar con la intención de revisar cada obra y elegir una…
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