SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA
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A los 16 años de edad, me sentía confundido, disperso y roto. Estaba desgarrado, a pesar de los capítulos azules y dorados de mi niñez y de mi adolescencia, del amor y de la nobleza de mi padre y de mi madre, de lo bello de mis hermanos y del significado tan especial que tenía la casa solariega, mi hogar, mi refugio, mi santuario.
Mi adolescencia fue prolongación de mi infancia. Era intensamente feliz en mi ambiente familiar y, por lo mismo, me sentía agradecido por ese milagro tan hermoso, por un regalo que me parecía celeste. El hogar representaba mi mundo y mi paraíso. En el colegio, en cambio, me sentía vulnerable entre compañeros agresivos y groseros, profesoras artificiales que actuaban con la estupidez de quienes se creen superiores y directoras arrogantes, ambiciosas e ignorantes. Diariamente se dedicaban…
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