SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA
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Éramos increíbles, grandiosos y sorprendentes. En la niñez, adolescencia y juventud, aprendimos a enfrentar y solucionar adversidades, obstáculos y problemas. Nos enseñaron a no darnos por vencidos, a observar y a analizar, a insistir, a luchar, a intentar una y otra vez. Y así nos forjamos. Supimos esperar. Entendimos que todo tiene una razón, un sentido, una encomienda. Si deseábamos saber más acerca de un tema, debíamos trasladarnos a una biblioteca o con la gente que conocía, investigar, preguntar, escudriñar, porque no existían sistemas ni aparatos que llevaran a la gente, como ahora, a toda clase de información. Hasta llamar por teléfono, desde la calle, implicaba buscar una caseta pública, esperar en la fila y depositar la moneda correcta. Y si, por algún motivo, no prendía el motor del automóvil, aunque fuera nuevo, lo empujábamos y lo hacíamos arrancar…
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