Renuncia al arte

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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En mi novela El pájaro Lizzorni y la niña de cartón, el artista -Augusto Lizzorni, convertido en el impostor Federico Genovés Villorio-, compartió la música con los renglones burdos de la vida, hasta que las hojas del pentagrama y las partituras cayeron al suelo, y el violín, su Antonius Stradivarius, permaneció abandonado en un sillón, con las cuerdas que reventaron, gradualmente, en un acto de distanciamiento, enojo, abandono y celos. El violinista ya no componía. Sintió, de improviso, que la inspiración había saltado por la ventana y huido a otras rutas, a algún sentido opuesto al de su caminata. Se alejaron uno de otro. Augusto Lizzorni ya no era el músico. Había perdido sus alas. Tenía otro rostro, el de Federico Genovés Villorio, el morador enigmático del edificio que deleitaba a sus veinos con sus conciertos nocturnos…

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