CAMBIO CLIMÁTICO

Dedicado a «el Coronel».

Hoy hace un año todavía.

 

¿Os habéis fijado que antes, cuando alguien moría en un libro, siempre llovía? Y es que la lluvia ayudaba a crear ambiente. Sus tonalidades plomizas y húmedas subrayaban la tristeza y el recogimiento y amplificaban el dolor de la pérdida. El cielo lloraba y los personajes, también. Tenía coherencia.

El ritmo lo ponían las pequeñas gotas de agua golpeando insistentes como un pájaro carpintero sobre la lápida recién colocada; también sobre los paraguas, negros, por supuesto, que añadían un toque luctuoso a la escena. Los charcos, las salpicaduras de barro en la ropa y las flores húmedas sobre el túmulo hacían el resto.

Ahora, con esto del cambio climático, ya no llueve ni en los libros. Los rayos de sol reverberan impúdicos en las ventanas al paso de la comitiva fúnebre. El calor intenso seca las lágrimas en cuanto asoman entre los párpados y la piel de los dolientes se broncea mientras rezan el responso.

No hay flores, si acaso algo de romero en alguna página perdida. Y cactus, muchos cactus que te clavan sus espinas al menor descuido.

Para intentar crear un contexto más adecuado al argumento, los personajes esconden el rostro tras unas enormes gafas polarizadas que le bajan el brillo a la vida. Además, los más allegados al finado cojean levemente sobre el asfalto, como si su pie izquierdo soportase así el sobrepeso de un corazón roto.

Pero aunque intentan disimular, se les nota a todos la prisa por regresar a sus casas, sentarse a la sombra y, a falta de agua, tomarse un refresco para hidratar sus pequeñas entrañas de papel.

Nada que ver. Y sinceramente, así no hay quien escriba.

Publicada en la web Profesor Jonk

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